









Somos unos peces, en un mar, con corrientes muy poco predecibles. Un día una corriente me aleja de mi casa. Pasa el tiempo, con todas las enseñanzas que eso conlleva y logró volver. Al llegar me choco con el tiempo, con la transformación, con la nostalgia de una niñez desaparecida. Mi casa se mimetiza con la arena, mi casa ya no está, no es mas mi casa. Mis maestros se fueron y me dejaron con toda esa lealtad aprendida, pero las olas, las olas me siguen hablando.
La vida es una ola que nunca para. Pero durante unos momentos, aprendí a observar y disfrutar de la corriente.
Todo comenzó cuando regresé a mi casa del mar. 39 y playa, Esperanza.
Los días allí eran simplemente permitirme no bajar de esta nube pisciana en la cual habito. Mis recuerdos son conversar con el sonido de las olas, sentirme completo en el agua, pensar que hablaba con Poseidón para que me mande olas más grandes, para hacerme mierda y seguir jugando. Después seguía expedicionando en los bosques, que en ese momento parecían enormes, eternos, un reino nuevo lleno de aventuras y rincones por descubrir; para luego volver con un montón de ralladuras nuevas significando nuevas hazañas alcanzadas. Nunca estaba solo, siempre con los tres maestros a mi lado; siguiéndome y cuidándome por donde vaya.
Esta casa vivenció los momentos más felices de mi infancia. Al volver, luego de tantos años, me choco con el tiempo, con la transformación, con la nostalgia de una niñez desaparecida, con la mimetización de la casa con la arena, con analogías pérdidas, con sueños rotos, con intentos fallidos, con nuevos intentos y de nuevo fallidos, con muchas lágrimas dejadas atrás para luego volver a sumergirme en ellas, con personas perdidas, con personas nuevas, con la misma gente pero con mas historias que contar. Apreciando el aprendizaje, aprendiendo a dejar para poder agarrar, dejando los sentimientos como razón de acción, dejando en un lugar inalcanzable a las cosas eternas, desarraigándome de cosas que pensaba que eran eternas. Observando el tiempo, fascinado con el tiempo, la yerba se lava, el fuego arde, las brasas quedan, el asado se cocina. Me encuentro con otra forma de ver las cosas, observando cómo se conserva lo que se deja, mirando a través de una emulsión transformada por el paso del tiempo, con todas sus ralladuras y caducidades, que forman parte de una historia subyacente. Esta es la forma la cual decidí afrontar la marea de cambios.